Por qué aumentaron las ejecuciones en Florida, el estado que más impone la pena de muerte en EE.UU.

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Martes 1 de septiembre. Se acercan las 6 pm en la Prisión del Estado de Florida, en la pequeña localidad de Raiford.

El condenado Harold Gene Lucas, de 74 años, ha pedido carne, papas fritas, galletas, pastel, helado y leche: su último menú antes de morir.

La de su hermana es la única visita que recibe en la celda en la que pasa sus últimas horas.

Poco antes de la hora señalada, se le conduce a la sala en la que será ejecutado por un crimen que cometió hace 50 años. Ningún preso de Estados Unidos ha pasado más tiempo en el corredor de la muerte.

Al otro lado del cristal, unas 40 personas asisten a la ejecución. Entre ellos los familiares de Jill Piper, la joven de 16 años con la que había salido varias veces y a la que mató a tiros en 1976, cuando él tenía 24.

Eleanor Piper, hoy una anciana en silla de ruedas, también está ahí para ver morir al asesino de su hija.

Con Lucas se sigue el procedimiento habitual. Le preguntan si quiere decir unas últimas palabras y responde que no.

Inmediatamente recibe la inyección letal, tres sustancias que acaban con él en solo unos minutos.