Cómo el K-pop se abrió paso en la asfixiante dictadura de Corea del Norte, donde «solo puede haber un ídolo: Kim Jong-un»

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Un sábado soleado de junio, Lee Yeon-su se tomó el día libre en el trabajo y se subió a un tren de Seúl a Busan para asistir a otro concierto más de la super banda pop BTS.

Era la tercera vez en tres meses.

En marzo había estado entre la multitud que se agolpaba en el centro de Seúl, cuando el septeto lanzó su regreso, pero el escenario estaba demasiado lejos. En abril, el primer día de su gira mundial, llovió a cántaros, ahogando las voces de los cantantes. Pero esta vez, en Busan, fue «increíble».

«Cada vez que voy a un concierto de BTS, me doy cuenta de lo feliz que soy de poder admirarlos y apoyarles por decisión propia», dice Yeon-su, que no es su nombre real. «Eso hubiera sido inimaginable en Corea del Norte».

Ahí es donde nació, en el llamado «Reino Ermitaño», justo al norte de la frontera fuertemente custodiada con Corea del Sur. El mundo exterior estaba fuera de su alcance, aislado por un régimen basado en el miedo, la vigilancia y la lealtad.

«Tenías que ser seleccionada para asistir a los eventos y, si no lo eras, tenías que quedarte en casa con las cortinas cerradas».

Ahora, en Corea del Sur, puede decidir a quién animar y cómo hacerlo. En Busan, junto a una enorme multitud de fans, gritó, saltó y cantó a todo pulmón, especialmente durante sus canciones favoritas: la enérgica Fire y el éxito de hip-hop Mic Drop.

Yeon-su sostiene un "Army Bomb", el light stick oficial de BTS, durante el concierto de la gira mundial del grupo en Busan.

Fuente de la imagen,Lee Yeon-Su

Pie de foto,Yeon-Su nació en Corea del Norte, donde solo asistía a conciertos si era «seleccionada».

Al crecer en una familia militar, a Yeon-Su le enseñaron que el Sur era el enemigo. Cuando escapó, trató de mantenerse alejada de la cultura surcoreana. Pero la música se abrió paso en su vida.

Logró salir de su país natal en 2011, antes de que BTS debutara y de que el K-pop se convirtiera en una sensación mundial. Ahora, incluso escucharla o ver programas del Sur es un delito que puede llevar a la gente a la cárcel o a algo peor en Corea del Norte.

Algunos, como Yeon-Su, dicen que nunca habían escuchado música surcoreana hasta que cruzaron la frontera. Cuando lo hicieron, se les abrió todo un mundo de libertad y diversión, lo que les ayudó a adaptarse a una vida nueva y extraña que ahora era completamente suya.

Pero otros desertores le dicen a la BBC que, a pesar de las restricciones, el K-pop se ha abierto paso en la asfixiante dictadura de Kim Jong-un.

Afirman que solían escuchar canciones en secreto, a menudo sin saber quiénes eran los artistas, pero aferrándose a las letras misteriosas y llenas de esperanza. Algunos incluso lograron ver presentaciones de K-pop, sorprendidos por los ídolos de cabello azul y maquillados: «¿Por qué los hombres se ven así?».

«Corea del Norte es un lugar donde todo el sistema está diseñado para que solo pueda haber una celebridad, un ídolo: Kim Jong-un», dice Hannah Oh, una desertora de 25 años.

Pero resulta que los norcoreanos han descubierto otros ídolos, como BTS y Blackpink, y antes de ellos, Girls’ Generation, Teen Top y 2PM.

El nombre coreano de BTS, Bangtan Sonyeondan, incluso se ha convertido en parte de la jerga cotidiana en el Norte, según cuenta un desertor: «La gente dice cosas como: ‘¿Te has probado un chaleco Bangtan?’ o ‘¿Te has puesto una mochila Bangtan?'».

Yeon-su posa junto a productos de BTS en un café temático de BTS cerca de la sede de HYBE en Seúl.
Pie de foto,Yeon-Su, que aparece aquí en una foto tomada en un café temático de BTS en Seúl, no había escuchado música surcoreana antes de salir de su país

«Coreanos como nosotros, pero diferentes»

Para Kang Gyu-ri, que huyó de Corea del Norte en 2023, hay un éxito de BTS que destaca por encima de los demás: Dynamite.

BTS batió récords de reproducciones en plataformas de streaming cuando lanzó Dynamite en 2020, un tema con influencias de la música disco que, según el grupo, pretendía animar a un mundo agotado por la pandemia de covid. La canción llegó incluso a oídos de los norcoreanos, pese a ser el primer sencillo del grupo íntegramente en inglés.

«No entendía la letra, pero la melodía era tan buena que te hacía sentir emoción. Todo el mundo la seguía», cuenta Gyu-ri, de 26 años.

Por entonces vivía en Kyongsong, un condado costero del norte del país, donde las familias podían captar con una antena las señales de televisión que llegaban desde el otro lado del mar. Cuando la recepción era buena, veían programas de fin de semana en los que competían ídolos del K-pop, con sus coloridos peinados y sus impecables coreografías.

«Todo era impactante. Pensaba que eran coreanos como nosotros, pero tenían un aspecto muy diferente».

El rap también era una novedad. «Al principio pensé: ‘¿Esto siquiera es una canción?’. Pero se veían tan geniales bailando mientras rapeaban que los chicos empezaron a imitarlos».

Aprender el paso de baile más característico de una canción se convirtió en una moda entre los adolescentes, explica. Quienes disfrutaban bailando tomaban como referencia a BTS y, antes que ellos, a Teen Top, un grupo muy popular en la década de 2010 por sus temas de electropop bailable.

Mientras habla, Gyu-ri toma su teléfono y busca un antiguo vídeo de YouTube en el que Teen Top interpreta No More Perfume on You. «Así», dice entre risas mientras imita el característico gesto de rociarse perfume de la coreografía. «Muy pronto, todos los chicos a mi alrededor lo hacían. Era muy divertido. Una vez que lo veías, no podías olvidarlo».

Como escuchaban tantas canciones en secreto, Gyu-ri no puede recordar los títulos. Escuchó a Girls’ Generation, el grupo femenino más grande e icónico de Corea del Sur, y más tarde se hizo admiradora de Jennie, integrante de Blackpink: «Es difícil de explicar, pero hay algo muy decidido y poderoso en su música».

Dice que no puede compararla con las canciones norcoreanas, que «era como si me golpearan los oídos. La mayoría de las canciones que escuché mientras crecía trataban sobre la revolución o la política. Teníamos que mantener encendidas las emisiones estatales, incluso dentro de casa».

Gyu-ri se enteraba rápidamente de cuáles eran las canciones populares porque a menudo las veía en televisión. Pero muchos norcoreanos utilizaban reproductores de MP3 o pequeñas tarjetas SD. La música se difundía más fácilmente que los dramas, aunque lentamente.

A mediados y finales de la década de 2010, mientras el K-pop se expandía por todo el mundo, las nuevas canciones convivían con baladas de épocas anteriores en las tarjetas SD que circulaban en Corea del Norte. Los nombres de los archivos solían estar dañados, por lo que Hannah Oh rara vez conocía el título, el cantante o la fecha de lanzamiento.

«Saberlo no habría significado nada para mí en aquel entonces. Así que prestaba más atención a la letra», dice la joven de 25 años, que desertó en 2019.

Hubo una canción que realmente se le quedó grabada. La escuchó una y otra vez, anotando cada palabra en coreano. Años después, tras llegar al Sur, descubrió que se trataba de It’s Not Too Late, de Green Zone, o Noksaek Jidae, un popular dúo masculino de la década de 1990, cuando las baladas sentimentales dominaban las listas de éxitos de la música coreana.

«Estaba toda en coreano, así que era mucho más fácil de entender que el K-pop que escuchaba», dice. «Fue la primera vez que pensé: ‘Así es como la gente expresa el amor'».

Esta fotografía, tomada el 26 de septiembre de 2013, muestra al grupo de ídolos surcoreano Teen Top actuando en el programa Mnet Countdown, en Seúl.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,La canción de Teen Top sobre la aventura amorosa de un hombre con una mujer mayor fue un éxito entre los jóvenes norcoreanos.

Una ventana al mundo exterior

Escuchar música surcoreana siempre era arriesgado. Cuando era adolescente, Hannah llevaba dos tarjetas SD. «Una tenía música surcoreana. La otra era una tarjeta vacía que podía entregar si me descubrían».

Siempre que sorprendían a estudiantes viendo contenido surcoreano, las escuelas de toda la ciudad se reunían para celebrar «sesiones públicas de crítica», cuenta Hannah.

«Anunciaban exactamente qué videos surcoreanos había visto esa persona y declaraban públicamente que sería enviada a un centro de detención para menores. Era una forma de mostrar a los demás lo que les ocurriría si los descubrían».

Y, aun así, Hannah siguió escuchando música y viendo ese tipo de contenidos: «Una vez que has visto ese mundo, es difícil apartar la mirada».

Mantener a los norcoreanos aislados del mundo exterior siempre ha sido un elemento central para la supervivencia de la familia Kim. Su propaganda transmite un único mensaje: el régimen coreano sobresale en todo, desde la economía hasta las artes, por lo que nada puede superar la vida bajo la dirección de los Kim. Cualquier indicio de que la libertad espera al otro lado de la frontera sur resulta peligroso.

Ahora que la cultura popular surcoreana se ha convertido en un gigante del poder blando o soft power, Kim Jong-un ha endurecido aún más la represión. En 2022, tres adolescentes fueron presuntamente ejecutados en público por distribuir contenidos surcoreanos.

Los integrantes de BTS se dirigen al público en el estadio de Goyang a principios de abril.

Fuente de la imagen,Big Hit / BTS

Pie de foto,BTS, en una imagen de un concierto reciente. Según desertores norcoreanos, el nombre del grupo forma parte del lenguaje cotidiano en clave en Corea del Norte.

Aun así, una encuesta de 2023 reveló que el 98% de los desertores afirmó haber visto dramas o películas surcoreanos cuando vivía en Corea del Norte. Alrededor del 80% dijo que eso había despertado su curiosidad por el Sur e influido en hábitos como la forma de hablar y de vestir.

Hannah cree que eso es precisamente lo que teme el régimen.

«Algunas personas empiezan a llevar faldas más cortas o a teñirse el pelo. Cuando la gente comienza a expresarse, eso afecta a un sistema en el que se supone que todos deben pensar y actuar de la misma manera».

Eso fue lo que le ocurrió a Gyu-ri. Dice que no abandonó Corea del Norte porque la vida fuera difícil. Más bien, el contacto con la música y la televisión surcoreanas hizo que el contraste fuera imposible de ignorar.

«No lo soportaba: veía la televisión y luego salía a la calle», donde agentes de vigilancia observaban a la gente en busca de señales de influencia extranjera.

Gyu-ri dice que hubo una época en la que conocer contenidos surcoreanos era motivo de orgullo. «Te hacía parecer un poco moderno. La gente decía: ‘Saben divertirse’. Pero, después de que las leyes se endurecieran, la gente se volvió mucho más cautelosa».

Primero se enteraba de que alguien había sido detenido, cuenta. Después llegaban noticias de ejecuciones. Añade que la información se difundía deliberadamente como advertencia.

«Oí que dos chicos que conocía fueron ejecutados. Uno tenía más o menos mi edad y el otro era más joven, de unos 19 años».

Gyu-ri hojea álbumes de K-pop en una tienda de discos de Seúl.
Pie de foto,Gyu-ri revisa la música que está prohibida en su país, pero que llena las estanterías de Corea del Sur.

Pero eso no hizo que dejaran de consumir esos contenidos prohibidos, continúa. «Era nuestro balón de oxígeno, nuestra ventana al mundo exterior. La gente arriesga la vida por ello porque le da la esperanza necesaria para aguantar un día más».

Ese es un riesgo que los norcoreanos llevan años asumiendo.

«¿Sabe por qué estaban en prisión las personas que conocí allí? Porque las habían sorprendido viendo dramas surcoreanos o ayudando a alguien a escapar a Corea del Sur», dice Yeon-su, que desertó en la década de 2000.

En su primer intento, acabó en prisión después de que las autoridades chinas la detuvieran cuando cruzaba la frontera para huir y la devolvieran por la fuerza a Corea del Norte.

Incluso en prisión, cuenta que una canción surcoreana le dio fuerzas para seguir adelante. «Levántate. No dejes que te dobleguen», cantaba una y otra vez en voz baja. «Pensaba: tengo que sobrevivir. Tengo que llegar a Corea del Sur».

«El valor para dejar de huir»

Y lo consiguió. Pero adaptarse a la vida en Corea del Sur no fue fácil. En las entrevistas de trabajo, los empleadores le preguntaban si era norcoreana o una coreana de origen chino. Dice que, después de eso, rara vez volvían a ponerse en contacto con ella.

Entonces, un día, se topó con un vídeo de BTS interpretando «Idol», el enérgico éxito que lanzaron en 2018, y quedó fascinada. Se unió a su comunidad de seguidores, conocida como ARMY, asistió a reuniones, abrió una cuenta de admiradora, votó en concursos de K-pop y publicó contenido de forma constante.

Pero el mayor cambio fue que dejó de sentir la necesidad de ocultar de dónde venía. «Cuando les conté a mis amigos más cercanos de ARMY que era de Corea del Norte, nadie me trató de forma diferente. Igual que había seguidores de Brasil o de Japón, yo era de Corea del Norte».

Por primera vez sintió que pertenecía a Corea del Sur, y la música fue cambiando poco a poco la forma en que se veía a sí misma.

La trilogía de álbumes «Love Yourself», de BTS, centrada en la aceptación y la sanación, junto con el llamamiento de RM, líder del grupo, a «utilizarnos, utilizar a BTS para amarte a ti mismo», conectó con millones de personas en todo el mundo, entre ellas Yeon-su.

Hubo una canción en particular, «Answer: Love Myself», interpretada por su integrante favorito, Jimin, que la conmovió profundamente: «¿Por qué sigues intentando esconderte detrás de tu máscara? Incluso las cicatrices que dejan los errores forman parte de mi constelación».

«Encontré el valor para dejar de huir y afrontar esa parte de mí misma», dice Yeon-su. «A medida que fui entendiéndome mejor, descubrí que tenía más espacio en el corazón para aceptar a los demás».

Hana Kang, que llegó a Corea del Sur hace 20 años, dice que se hizo admiradora de BTS porque le atrajo algo que nunca había conocido en Corea del Norte: la libertad de expresar lo que uno siente.

Selfie de Hana

Fuente de la imagen,Hana Kang

Pie de foto,Una de las canciones de BTS refleja la nostalgia que siente Hana por la familia y el pueblo que dejó atrás.

La canción que más la conmovió fue «Spring Day», un tema de 2017, melancólico pero esperanzador, sobre la separación y la añoranza. Le recordaba a su pueblo natal y a la familia que había dejado atrás en Corea del Norte. «Los echaba de menos y cada vez los sentía más lejanos, como si pertenecieran a otro mundo».

Hana y Yeon-su descubrieron a BTS mientras el grupo alcanzaba la fama mundial, pero ambas sintieron una afinidad con sus integrantes al conocer las dificultades que habían atravesado, algo de lo que el grupo hablaba y cantaba con franqueza.

Para Yeon-su, apoyar a BTS era una forma de «animarse a sí misma». Para Hana, el grupo se convirtió en un espejo: «Al verlos pensaba: ‘Si ellos pueden seguir esforzándose así, quizá yo también pueda hacerlo'».

La situación es distinta para los desertores que han llegado en los últimos años.

Llegan en una época en la que la música coreana es una potencia mundial y BTS es su mayor referente. Además, tienen mucho más donde elegir.

Hannah Oh, que llegó en 2019, cuenta que imaginaba pasar buena parte de su tiempo poniéndose al día con la música y los dramas que antes veía en secreto. En cambio, se encontró con algo nuevo: la posibilidad de elegir.

«Había muchísimas otras cosas que podía hacer», dice. «En cierto modo, ahora vivo en el tipo de mundo que antes solo veía en los dramas».

Hana Kang en el Gran Cañón.
Pie de foto,Hana Kang, a quien le encanta viajar, asegura que no supo lo que significaba la libertad hasta que salió de Corea del Norte.